Y CASI LO OLVIDO

El 21 de marzo es un día especial para mí desde que, hace más de 9 años, naciera Livia.
Llegó adormilada, sin llanto, casi no se movía. Y llegó con lágrimas y miedos. Muchos. Para mí y para toda la familia. Y con ella, llegó la nube negra. Esa que me acompaña desde que asumí lo qué significaba esa posible anomalía genética que ya me advirtieron a los pocos minutos del parto.

Y llegaron las citas médicas. Muchas. Y el papeleo para tramitar la discapacidad. Y para solicitar la Atención Temprana. Logopedia, fisioterapia y mucho más.
Y llegaron los problemas de corazón. Muy leves en realidad, pero que se hacían un mundo. Y llegaron los problemas para coger peso porque con su diminuta boca no podía mamar. Y llegaron sus problemas para aguantar el cuello, quedarse sentada o andar. Llegaron las horas intentando enseñarla a hacer la croqueta, a gatear, a hacer torres, trenes, a distinguir los colores, animales, los números.

Y llegaron los primeros problemas de integración en el cole, con protocolo antiacoso incluido. Y llegaron los problemas para que siguiera las clases, porque los apoyos nunca son suficientes. Y llegaron sus ganas locas de hacer fiestas pijamas. Y se las hicimos. Y sus ganas locas de que la inviten a casa de sus amigas, que todavía no han llegado.
Y llegó su sonrisa infinita. Y esos ojos de almendra preciosos. Y unos brazos rechonchos que desde muy pronto me buscan para abrazarme a todas horas. Y esas ganas de disfrutar de la vida como nadie. Y sus ganas de bromear y reír.
Y llegaron tantas cosas buenas que este año, casi olvido El Día Mundial del Síndrome de Down.

