Un jueves de Feria
Livia nació un día como hoy de hace 11 años. Y como hoy, era jueves de Feria. Se hizo esperar, como Claudia. Y cuando nació y me la pusieron en el regazo, no distinguí los ojos de almendra. Sólo podía mirar a una enfermera que nos miraba a ambas con el semblante muy, muy serio. Algo pasaba. En el fondo, yo sabía que algo pasaba. Pero lo olvidé…
Me llevaron en camilla y le pidieron a su padre que se sentara, que tenían algo que decirnos. Su padre no quería sentarse. Yo no quería oírlo. Y nos dijeron que Livia podía tener una alteración cromosómica. Nos reímos (de puro miedo). Eso no podía ser. Nos fuimos a la habitación y se me olvidó. Me llamaron y escribieron compañeros de trabajo y amigos. Y a todos les dije que todo iba bien. Si lo decía, si lo creía, seguro que iba a ser así.
Pero llegó la pediatra y se la llevó otra vez. Y no se me olvidará que me dijo: «Lo siento, madre, pero esta niña tiene síndrome de down». No sé explicar bien como me sentí entonces. Porque esas noticias no se asimilan de golpe, sino poco a poco. Recuerdo que pensé en algún momento que si iba a tener síndrome de down, el nombre de Livia igual no le pegaba. Vaya tontería. Pero la mente te hace esas cosas. Te descentra de lo importante para que lo vayas digiriendo poco a poco.
Y aquí estamos, once años después. Con una niña de ojos de almendra, preciosa y muy lista. Que dice que merezco ser la Presidenta del Gobierno, porque me esfuerzo mucho. Que dice que le gusta Sumar porque trabajar menos es bueno. Que tengo mucha suerte porque tengo una niña sin síndrome de down y otra con síndrome de down. Que dice que si ella fuera un hombre, yo sería su novia. Y que se pasa el día diciéndome que me quiere…
Y si Livia es especial no es porque sean «niños muy cariñosos», como dice todo el mundo. Hay mucho más. Ven la vida de frente. Se centran en lo importante y les importa muy poco lo superfluo. Son disfrutones (al menos la mía lo es) y siempre sabe lo que quiere. Livia no se tumba en el sofá, se desparrama. No come, se recrea en cada bocado. Vive la vida con intensidad. Y lo más importante, me enseña a hacer lo mismo. A disfrutar cada segundo, de tu restaurante favorito, de una película con palomitas, de un rato en la playa. De los vídeos musicales que vemos cada noche antes de dormir. Y así, disfrutamos de ella cada segundo. Y ella disfruta de nosotros. De la vida. Y nos enseña a todos a hacerlo. A ser mejores. A dedicar menos tiempo a las tonterías y más a lo que nos hace felices. ¡¡Feliz cumpleaños a mi niña de ojos de almendra!!
