Ojos de Almendra

Tu reflejo en el espejo

La primera vez que ví a Livia reflejada en el espejo de la sala donde asistíamos a Atención Temprana, con apenas dos meses de vida, me quedé paralizada. Tenía los ojos achinados, con forma de almendra, la nariz chata y todos los rasgos característicos del síndrome de down. Es curioso pero no me había fijado hasta entonces.


En realidad, no es cuestión de fijarse. Cuando yo la miro, veo a mi hija, a Livia, única y preciosa y no hay nada más allá.


Cuento esto porque hace un par de semanas fui a hacerle fotos de carné para unos trámites y cuál fue mi sorpresa cuando, tras ver las distintas fotos que el fotógrafo amablemente me enseñaba para que eligiera, no me gustaba ninguna. Y no me gustaban porque no me parecía ella. Elegí una cualquiera y cuándo las tuve en la mano me pasó lo mismo que el día del espejo en la terapia, que la niña que ví tenía síndrome de down.


No sé bien por qué me pasa esto pero creo que me pasa porque, para mí, como para el resto de la familia, lo que define a Livia no es el síndrome de down. Y sus rasgos son sólo eso. Rasgos.

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