Ojos de Almendra

Lágrimas de emoción

Esta tarde Livia tenía clases de ballet. He llegado a recogerla con unos minutos de antelación y he podido ver como transcurría el final de la clase.

Había niñas sentadas a un lado y otras, de pie, pegadas a la pared con la profesora. Estaban haciendo un ejercicio que consistía en que una niña, situada en el centro de la clase, elegía a otra, de las que quedaban de pie. La primera hacía una pirueta para que la otra la repitiera y acababan en un abrazo. La primera se sentaba y la segunda volvía a empezar, ya situada en el centro, eligiendo a una de las que quedaban, haciendo la pirueta para que la repitiera la segunda, se abrazaban y volvía a empezar.


Como yo ando con el radar puesto, me dí cuenta enseguida de que Livia se iba a quedar la última. Parece una tontería pero los pocos minutos que ha durado el ejercicio se me han hecho eternos y los he vivido con angustia. También sé que no pasa nada, que no importa y que seguro que ella no se ha dado cuenta. Sobre todo porque, como ha sido la última, cuando le ha tocado elegir compañera, ha elegido a la profe, y se ha abierto de piernas con una facilidad pasmosa. Luego se han abrazado y ha salido feliz.


Al terminar la clase, ha salido corriendo para abrazarme y me ha visto con los ojos empañados. Ya sabéis que estos momentos me cuestan. Al verme me ha preguntado si eran lágrimas de emoción, por lo bien que había bailado. Y le he dicho que sí, que por supuesto.

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