Una fiesta de cumpleaños en el parque…
Empecé a escribir sobre Livia porque me aliviaba. Me ayudaba a disipar los problemas, a hacerlos más pequeños y manejables. Y empezasteis a leerlos y a comentarlos. Y a darme ánimos y eso me ayudaba aún más.
El viernes fuimos a un cumpleaños de la clase de Livia y la verdad es que se nota mucho lo atrás que se ha quedado. Como era en un parque y los niños iban y venían, no acertaba a encajar con ningún grupito. No la vi jugar con nadie. Estaba aburrida y cuando yo le ofrecía acompañarla a buscar a sus amigas, me decía que no quería. No era verdad, pero era su manera de afrontarlo. La ví aburrida y triste y como siempre me pasa, soy yo la que lo pasa peor.
Ha llegado ese momento difícil, la preadolescencia, cuando se quedan atrás en las relaciones sociales. Cuando el resto les da la espalda. No es algo explícito ni duro, simplemente ella se va quedando atrás. Y yo que la voy viendo, solo pienso en cómo acompañarla para que no se le haga duro, para que lo lleve bien. Y eso que ella es una campeona en el arte de gestionar emociones y darles la vuelta. Yo lo soy un poco menos y el viernes me pegué un panzón de llorar, sin que ella me viera, claro. Y para compensar, anoche salimos a cenar caracoles (que le encantan) y hoy hemos ido a su restaurante peruano favorito (ni que decir tiene que la operación bikini se ha ido al traste).
Y a pesar de lo que me ayuda, tenía dudas de si debía escribir o no este post. Porque sé que me leen otras madres y padres de niñas como la mía, más pequeñas. Y no sé si hago bien en adelantarles algunos de los problemas que tenemos que afrontar. Pero es que odio esa imagen romántica de la discapacidad que se ha impuesto. Ese mantra de que tienes que mostrar sólo lo bueno, de que todo es maravilloso y va bien. Y no es verdad.
Mi niña es especial, única. No hubiera podido soñarla mejor. Tan divertida y disfrutona, con ese desparpajo que la hace tan divertida. Diciéndome que soy la madre perfecta para ella, que si fuera un hombre, yo sería su novia, que soy su mejor y única madre. Que me quiere y que es obvio. También sé que me hace mejor. Más atenta a la diversidad, al sufrimiento callado de otras madres que no tienen tantos medios como yo. Hace que minimice todo lo demás y que no me afecte una discusión o un problema en el trabajo.
Pero no es cierto que todo es idílico. El día a día se vuelve duro en ocasiones y hay que saber afrontarlo. Y yo lo hago así, escribiendo. Así que pido disculpas a aquellas madres y padres que me vayan a leer y esto les anticipe malestares futuros. No es mi intención. Creo en la importancia de contar nuestro día a día para que cuando la gente vea a una niña con ojos de almendra, piense en Livia y en todo lo que cuento y sepa que es mucho más que una persona con discapacidad. Y creo que hay que contar lo bueno, que es mucho, y lo malo, para que todos sepamos educar y comportarnos de manera inclusiva.
