El día que Livia nació
El día que Livia eligió para nacer cayó en plena feria. Nunca se me olvidará la cara de una de las profesionales que me atendió en el parto y que se quedó muy seria cuando la vio. Recuerdo que me quedé impactada por su semblante, tan serio, en un momento tan feliz. Y por la cara con la que nos miraba. Pero estaba tan cansada que enseguida lo olvidé.
Luego, con los años, he recordado esa expresión muchas veces.

Livia nació más pequeñita que su hermana y con los ojos cerrados. No había manera de que mamara y casi no se movía.
Antes de trasladarme a mi habitación, justo después del parto, una pediatra nos pidió a su padre que se sentara y nos dijo que nuestra pequeña podía tener una alteración cromosómica. O algo así, no recuerdo con precisión. Preguntamos que a qué se refería y tras nuestra insistencia nos dijo que podría tener Síndrome de Down.
Síndrome de Down.
Aunque en ese momento casi lo olvidé, por el cansancio del trabajo de parto y porque la negación es la primera fase cuando te dan una noticia así, los días siguientes los recuerdo con mucho pesar. Lo peor, curiosamente, era tener que dar la noticia a la cantidad enorme de gente que te escribe y te llama. Supongo que es porque cuando lo dices, lo haces realidad.
Ha llovido mucho desde entonces. Hemos pasado por cantidad de citas médicas, por Atención Temprana, por sus problemas para quedarse sentada sin apoyos, para aguantar el cuello, para gatear primero y caminar después. Hemos pasado mucha angustia, angustia sí, porque te dicen que tu hija podrá desarrollarse mejor si se trabaja con ella. Y te echas eso a la espalda y crees que sólo depende de ti. Y le enseñas a hacer la croqueta, a que apile cubos, a que reconozca animales, a que aprenda los colores. Y lo tienes presente, siempre presente, como una nube negra: síndrome de down.
Y un buen día tu niña aprende a caminar, a hablar, a leer y a escribir. A sumar. A restar. Y te explica donde está su corazón, sus pulmones, su cerebro. Y te dice que vive en España, Europa. Y que quiere aprender mucho.
Y de pronto, muchos de los miedos que tenías se disipan, aunque llegan otros. Más grandes, más temibles, a los que tendré que aprender a hacerle frente.
Pero eso será otro día porque hoy, mi niña de ojos de almendra acaba de cumplir nueve años y nos ha cambiado la vida para siempre. Y es feliz. Y me hace feliz.
