Bienvenido pequeño
Ayer fue un día de emociones muy intensas.
Cuando entré en el Hospital de la Mujer del V. del Rocío, para conocer a mi sobri, me vino de pronto a la cabeza todo lo que pasamos cuando nació Livia. No es sólo el diagnóstico del Síndrome de Down, que no es poca cosa. Es que el protocolo sanitario, muy completo, incluye una infinidad de pruebas e información que pasan por decirte que hay mayor riesgo de cáncer, cardiopatías y mil cosas más que en ese momento no puedes asimilar.
Me recuerdo con la mirada perdida, cada vez que se la llevaban a una prueba. Otra más. Y recuerdo las innumerables visitas de esos primeros meses al hospital, con una gran nube negra que no me dejaba ni respirar.
Es curioso como eso se olvida y luego, resurge de golpe en días como ayer. Recuerdo el llanto y la necesidad de hacerme la fuerte cuando venían mis padres a visitarnos. Recuerdo pasar con angustia los mil tragos de citas médicas interminables. Y recuerdo los sentimientos encontrados de esos primeros meses, pensando si había hecho bien en querer tener otra hija, una hermana para Claudia.

Y aunque lo peor ha pasado ya, y luego vuelves a sonreir, a disfrutar cada pequeño logro como una gran hazaña, sabes que los momentos duros no han pasado.
El otro día viví uno, en el cole. Pero eso lo contaré otro día, cuando lo haya digerido.
Ahora me quedo con que la peque no tiene nada de corazón, ha superado la edad de máximo riesgo de cáncer por su condición y está más sana que una pera.
Y con mi sobri, que va a ser el nuevo juguete de la familia Gómez.
